La leyenda de Guanina y Sotomayor

Cuenta la leyenda que durante la colonización española, cerca del año 1511, hubo una taína tan hermosa que conquistó a un conquistador. El nombre de la mujer era Guanina, el del conquistador Don Cristóbal de Sotomayor.

Durante las conquistas, los españoles enviaron como representante a Don Cristóbal de Sotomayor, un capitán joven y apuesto que llegó hasta Agüeybaná.
Su misión consistía en hacer una alianza para que le permitieran buscar oro en las tierras de Borikén.

Sotomayor fue bien recibido, hicieron intercambios de objetos y Agüeybaná lo llamó guaitiao (nombre para hermano).
Durante su estadía conoció a Guanina, la hermana de Agüeybaná. Nunca creyó que en aquellas tierras encontraría algo más valioso que el oro: el amor. Lo sorprendió la manera en que ella lo miraba, sin miedo y con una confianza que jamás había sentido en otra persona. En ese momento, el conquistador se convirtió en conquistado.
Guanina, por su parte, que hasta ese momento no había elegido compañero, también se fijó en él.

El amor los golpeó con la fuerza de un huracán. Ella aprendió rápidamente el idioma y, pensando que ese amor duraría para siempre, intentó enseñarle a él el suyo.
Pronto entraron en una burbuja, en su propio paraíso. Pasaban las tardes caminando por el monte, se bañaban en el río y jugaban juegos de amor en su bohío.

Pero mientras el amor los hacía flotar, afuera el ambiente comenzaba a cambiar. La alegría del pueblo se oscurecía poco a poco: lo que había empezado como hermandad ya se sentía como cadenas invisibles.

Sólo se separaban para hacer sus tareas diarias. El capitán Sotomayor, junto a su traductor, pasaba tiempo inspeccionando el oro recolectado en las minas.
Mientras tanto, los taínos ya estaban molestos con el trato que recibían. El trabajo en las minas se había vuelto insoportable, y muchos sentían que la hermandad inicial se había roto.

Un día sonaron los fotutos y convocaron un areyto. Agüeybaná, junto a otros caciques —incluyendo a Guarionex y Mabó— declararon a Don Cristóbal y los suyos enemigos y fueron sentenciados a muerte.

Al enterarse, Guanina corrió a su bohío en busca de Sotomayor. Le contó lo ocurrido y le exigió huir; solo ella sabía cómo salvarlo, aunque él no quisiera escucharla. Pero el orgullo y la ceguera de ese hombre eran tan grandes que no le creyó a Guanina. No fue hasta que los suyos lo obligaron a partir a Caparra a buscar refugio cuando aceptó sus palabras. Guanina no lo acompañó en el viaje; al final, se dejó convencer por él. Pero durante el trayecto fue alcanzado por los hombres de Agüeybaná. El capitán luchó con valentía, pero los taínos eran más y le dieron muerte.

Cuando Guanina se enteró, corrió en busca de su amado. Lo encontró en un claro ensangrentado; cayó de rodillas y se aferró a él como si, con ese simple acto, pudiera devolverle la vida. Desgarrada por el dolor, intentó todo lo posible, pero nada lo trajo de vuelta. Entonces rezó a los cacibues y a los cemíes, pero ni siquiera sus plegarias lograron despertarlo.

Por su coraje en la batalla, los taínos decidieron darle honores de cacique, y al ver el dolor de Guanina, Agüeybaná ordenó que fueran enterrados juntos, para que continuaran con su amor en el otro lado. Pero cuando llegaron, la encontraron recostada en el pecho del capitán, muerta.

Los cadáveres de Don Cristóbal y Guanina fueron enterrados juntos al pie de una gigantesca ceiba. Sobre sus tumbas crecieron hermosas flores silvestres.
Y cuentan los que viven cerca del lugar, que en las frescas noches de luna se escuchan canciones de amor. Se ven dos luces revoloteando alrededor de la centenaria ceiba. Dicen que esas son las almas de los dos amantes.

Del libro Tradiciones y Leyendas Puertorriqueñas, de Cayetano Coll y Toste.

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